Como ya hemos visto, los concejos
vecinales -generalmente bajo un tejo o cajiga milenarios
o en los soportales de las iglesias- eran de
gran importancia para gestionar diversos temas de
carácter social o político concernientes a un pueblo
o un valle.
La tradición de “ir a caminos” o “ir a hacendera”
también se gestionaba en esos concejos,
siendo por lo general el alcalde quien convoca a
los vecinos y hace el reparto de labores. Éstas
consistían en arreglar los caminos que se encuentren
en mal estado o invadidos de maleza,
reparar traídas de agua, desbrozar un monte o
limpiar las cunetas y orillas de los ríos o regatos.
Había una obligación moral de asistir al
concejo y de cumplir las tareas, bajo riesgo de
multa si alguien se negaba o se ausentaba de sus
funciones sin justificación. Aunque esto no siempre
era obligatorio -dependiendo del pueblo- y
quedaba a voluntad de la buena fe de los vecinos
que aportaban lo que buenamente podían tanto
humanamente como aportando los aperos necesarios
para trabajar. .