Una de las tradiciones del ciclo navideño,
muy común sobre todo en el occidente cántabro,
es preparar el ramo, para luego cantarle y rifarle
durante las fiestas. Al llegar la Navidad, se
preparaba este ramo, para lo cual se cortaba en el
monte un pequeño árbol que las muchachas del
pueblo adornaban y en el que colocaban todos los
dulces propios de Navidad como caramelos,
galletas, polvorones, manzanas y sobre todo, rosquillas.
En algunas ocasiones se le adornaba, también,
con cintas de papel de colores.
Existen variantes, dependiendo del
pueblo, donde, en vez de árbol utilizaban un
esqueleto de madera o metal simulando la forma
vegetal y adornado con los mismos elementos.
En la Misa del Gallo se presentaba el ramo
en la iglesia, cantando una o varias canciones por
un grupo de mozas. Estamos ante un rito de
origen pagano, pero que ha pervivido dentro del
entorno cristiano, algo habitual en otros ritos que
veremos más adelante. Algunos estudiosos han
querido ver en esta expresión popular una
bienvenida a la luz y al año nuevo, una forma de
empezar el nuevo ciclo anual.
Durante todas las fiestas se vendían
papeletas de la rifa y el día de Reyes se rifaba de
una forma muy particular: en una bolsa se metían
todos los nombres de quienes habían comprado
cada papeleta y en otra bolsa varios papeles en las
que se escribía la palabra “rifola” y en uno de
ellos: “rifola-tocola”. Se sacaba primero una
papeleta de la primera bolsa, y después otra
papeleta de la otra; si en la segunda papeleta salía
“rifola”, se repetía la operación, hasta que la
papeleta de la primera bolsa era seguida de la que
ponía “rifola-tocola”, y correspondía al afortunado
que se llevaba el ramo.