Menu rural de boda purriega

“…. Se amasaba la gran hornada que unida a
la carne de dos o tres ovejas alimentaría a los congregados
a la fiesta. Junto con los olorosos panes se
cocería la «sobada» hecha con harina, mantequilla y
azúcar, que la novia repartiría a trozos a las mozas de
la aldea, confeccionándose para los mozos el no
menos tradicional «rosco» de idéntica composición,
en pago de la gallina que éstos, ceremoniosamente,
entregarán a la pareja en su noche de boda. También
se procuraba que la nueva residencia estuviese a
punto para que en ella transcurriera la luna de miel,
sin que nadie fuese estorbado en sus amores, pues los
viajes de novios no eran conocidos ni echados de
menos en los tiempos que corrían.
… La comida, en aquellos tiempos, se servia
en grandes fuentes de loza o porcelana, colocadas a
razón de una para cada cuatro, seis u ocho comensales: el vino, en porrones que recorrían las
mesas en incesantes idas y retornos y también en
jarras. Sin los refinamientos que Ilegaron en épocas
posteriores, los manjares eran sabrosos y
abundantes: todo el banquete era encabezado por el
clásico cocido al uso de nuestro valle, seguido de la
carne de carnero u oveja guisada o asada por
nuestras inigualables cocineras en antiguas cazuelas
de barro. El único postre conocido era el arroz con
leche, la leche de las vacas que pastan en los puertos
de Peña Labra, plato exquisito cuyo secreto, a juicio
mío, es exclusivo de las mujeres de Polaciones. Las
bodas de nuestros abuelos jamás contemplaron el
uso del café y los licores, pero en cambio siempre
corrió a raudales aquel vino sin adulterar que ellos
transportaban desde tierras castellanas en penosos
viajes de cuatro días de duración….”