Recorrían las calles y las plazas de los pueblos
pregonando a voz en grito sus servicios: “¡Niña el
lateroooo!”. Acudían donde eran requeridos con su caja de
madera colgada del hombro, improvisaban un taller sentados
en el suelo y enseguida avivaban el fuego del anafe y
procedían a analizar el cacharro a reparar. Lo primero era
sanear la parte picada, para lo que se valían de una lima
vasta hasta dejar lustroso y brillante los bordes del agujero.
Luego, de un tarrito, sacaban un pincel impregnado en ácido
clorhídrico, diluyendo en él trocitos de chapa de zinc y
humedeciendo la parte saneada.
Después cogían uno de los soldadores del anafe y
le daban una pasada con el soldador al rojo vivo, y la barrita
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de estaño. Con la otra mano, acercaban al cacharro y derretían en la parte averiada, unos goterones de estaño que iban
extendiendose cuidadosamente con el soldador hasta cubrir el agujero. El trabajo se cobraba en función del material y
el tiempo empleado, y se concertaba de antemano tras el consabido regateo.