Antonio Bartolomé Suárez

Natural de Reocín. Fue colaborador asiduo en el diario Alerta del que fue corresponsal en Torrelavega; destacó con su sección de “Ferias y Prados”. Sus ocupaciones y actividades a lo largo de su vida le han permitido frecuentar el ambiente del campo y compartir las preocupaciones y necesidades de sus gentes, así como sus costumbres, ritos, ceremonias y leyendas. Como inspector de la SAM disfrutó de uno de los primeros coches que recorrían las carreteras de Cantabria, lo que le permitió estar en contacto con sus moradores y conocer bien el campo y su vocabulario, aumentando lo que había conocido como viajante. Publicó varios libros anecdotarios y en colaboración con la Universidad de Cantabria “Aforismos, giros y decires en el habla montañesa”, de cuyo libro está extraído el vocabulario de léxico montañés, así como las anécdotas del libro “Carácter Montañés” y las anécdotas que han aparecido en El Candelario a lo largo de sus cinco primeros años.

El pescador furtivo y la guardia civil

Aguas arriba, en Camijanes, o en cualquier río truchero, hubo señores que no necesitaban licencia para pescar y que conocían el río mejor que el patio de su casa. Entre estos pescadores sobresalía Lito. No había boda, bautizo, acontecimiento familiar, fiesta del pueblo o lo que fuera, en que no estuviera Lito para surtir de truchas a todos y sobremanera para sacar de apuros al tabernero cuando éste tenía algún compromiso.

Todo esto lo sabían en el pueblo, fuera de él, en la capital y en el mismo Vaticano. Pero, ay, amigos, que nombran alcalde a un señoritango que no había trabajado en su vida y que se jactaba de acabar con los furtivos. Había dado órdenes severísimas a los guardias. Lito estaba en su punto de mira, porque había tenido la osadía de birlarle la novia en sus tiempos. Y la Guardia Civil vigilaba día y noche las idas y venidas de Lito. Fael, el tabernero, había sido avisado de que al día siguiente vendrían unos personajes a comer, y le habían encargado especialmente unas truchas… Infaliblemente Fael acudió a Lito.

-Por lo menos cuatro-cinco kilos había de menester.

El alcalde sabía de la llegada de los visitantes y había encargado especialmente a los guardias que vigilarán el río. Y a las diez de la noche, estando el alcalde y la pareja en la tasca de Fael, llega Lito con la cesta y asomándose por la puerta le dice al asombrado Fael, guiñándole el ojo:

  • ¿Cuántos kilos de truchas me dijiste que te hacían falta?


El tasquero palidece, se le traba la lengua y Lito viéndole en esta guisa, añade:

  • Bah, yo creo que con cuatro-cinco kilos brá bastante… Cierra la puerta y se va tan campante al río.
  • Deténgale inmediatamente, le ordena el alcalde al sargento.
  • No se puede detener a un ciudadano así como así.
  • Pues cuando entre en el río…
  • Imposible, no ha cometido ningún delito.
  • Bueno pues cuando salga con las truchas en el cesto…

Ah eso sí. El sargento ordena a una pareja que se sitúe en una bifurcación de camberas, y a la otra que vaya río abajo. De
pronto, a la orilla del río ve la camisa de Lito y a su lado unas alpargatas viejas…

  • No se muevan ustedes en toda la noche. Cuando venga a recoger sus cosas y ven que trae truchas en el cesto le detienen y le llevan al cuartel. Como la cosa está clara la otra pareja no hace falta….

Ha pasado una hora cuando Lito se presenta en la tasca con el cesto lleno de truchas. Fael vuelve a palidecer.

  • No tengas miedu hombre, venga la caldera para echar las truchas; date prisa coño que paé que estás pasmau.

El tabernero observa a Lito que viene con camiseta y descalzo.

  • Oye, Lito pero ¿cómo vienes así, en camiseta? ¿No tienes fríu?
  • Ni pizca.
  • ¿Ónde tienes la camisa y las alpargatas?
  • Allí dejé la camisa colgau de un salce, y las alpargatas encima de una piedra.
  • Pero si te roban… ¿No ties miedu? Lito suelta una sonora carcajada y…
  • ¿Miedu?. No t’apures, que no lo llevan. Allí quedaron los ceviles guardándolo.