En San Sebastián de Garabandal la
celebración de las bodas se iniciaba, después de las
consabidas proclamas, con un desayuno compuesto
de chocolate y galletas que se ofrecía a los invitados
más allegados. Desde las once a los invitados
que iban llegando se les obsequiaba con mistela y
galletas. El banquete estaba compuesto primero de
garbanzos con sopa, de un guiso de cordero, oveja o
carnero y del arroz con leche que nunca faltaba, al
igual que el vino que se servía en porrones. A los
novios no era obligación regalarles nada y eran
afortunados los que recibían una bolsa de garbanzos
o aceite. En muchas ocasiones el banquete se
celebraba, debido al poco espacio disponible, tanto en casa del novio como en casa de la novia, atendiendo cada uno
sus invitados pero los novios comían siempre en casa del novio y eso sí, al final se juntaban todos para celebrar el baile
acompañado de pandereta.
Era costumbre, cuando el novio era forastero, que los mozos de San Sebastián se plantasen en la puerta de la
iglesia armados con una escopeta, a “pedir al padrino los derechos de la moza» para celebrar su fiesta particular. Si éste
se negaba a pagar «los derechos» , disparaban al aire con su escopeta.