La casona montañesa

La palabra casona es nombrada por primera vez en la novela “Peñas Arriba” de José María de Pereda.

Desde entonces se utiliza este término tanto por él como por otros escritores costumbristas de la época para definir a un conjunto arquitectónico propio de las familias más adineradas. Pero hay constancia del termino “casona” en antiguas escrituras de propiedad en Liébana y Meruelo. Estas construcciones, “Hechas para durar toda la vida y cien años más”, debían ser cómodas y seguras, a la vez que llevar a sus vecinos a “hablar bien de sus moradores”.

Debido al esplendor económico de los siglos XVII y XVIII, algunos propietarios de casas populares logran grandes fortunas gracias a la extensión del maíz y a los capitales traídos por los canteros y burócratas montañeses. En muchos casos son hidalgos a los que les gusta reflejar y presumir de su estatus social. También las casonas están unidas a la antigua nobleza cántabra. Así sucede que unas casonas vienen derivadas de la arquitectura renacentista y otras de la evolución a partir de las casas populares rurales.

Algunas casonas están cerradas por un gran muro rematado por esquinales en los que se suele representar algún blasón. Se accede a través de una gran portalada en cuyo tímpano aparece el escudo de armas y por la cual se pasa a una corralada que antecede a la casona. Centrado en la fachada principal se repite el escudo de armas que alude a los apellidos de la familia que habita. Normalmente esta tallado en piedra blanca de arenisca.

La cocina es uno de los espacios más importantes en todas las casas de Cantabria, que en las casonas suele estar en el piso noble junto a uno de los hastiales y consta de despensa y antecocina.

La casona suele ser una casa independiente pero se dan algunos casos de varias adosadas como en el pueblo de Carmona. Las hay que tienen capilla propia. Frecuentemente se utiliza la expresión “casa solariega” para referirse a las casas señoriales o casonas y no siempre es correcto. Lo solariego hace referencia a todo el espacio que ocupa la casa, su finca y las edificaciones y elementos que hay dentro de ella. Estos pueden ser: la corralada, el colgadizo, al pajar, el horreo, el corral, el gallinero, la zahúrda para el chon, la caballeriza, el establo toril, el horno, el lagar, el cuarto para la leña, el palomar, la huerta o el habitáculo usado de baño. Todo ello es el solar y por tanto las casas que tengan varios de estos elementos son casas solariegas.

Constan de dos o tres plantas y desván, la fachada generalmente orientada al sur, al este o al sureste. En algunas casonas se le incorpora una solana y bajo ésta hay una soportal con un arco o hasta seis, como la Casona de los Bustamante en Quijas.

Algunas presentan en los flancos de sus arcos un habitáculo usado para peregrinos o caminantes, y en el otro una estancia usada generalmente como almacén.

Al franquear estos arcos nos encontramos con el soportal o zaguán (su precedente sería la socarrena) que es usado como vestíbulo. Tras el zaguán está el estragal, con poca iluminación, y tiene otro similar en el piso superior. En él se recibían las visitas de trabajo y se hacía el cobro de las rentas teniendo una mesa y una silla únicamente para tal labor.

Las casonas están perfectamente amuebladas con escritorios, arcones, bargueños, camas y mesas fabricados con maderas nobles. También poseían su propia biblioteca.

La planta baja es utilizada como zona de trabajo. La cuadra generalmente se encuentra en un edificio anexo pero cuando está en la misma casa, la entrada nunca es por el soportal. También suele encontrarse la bodega donde se guardan los alimentos o vinos si la comarca es rica en viñedos.

El primer piso es el llamado piso noble, con una sala principal para los señores de la casa, casi siempre de forma rectangular y paralela a la fachada donde suele estar la chimenea. Precede a esta sala un cuarto de recibimiento, de escasa luz, que distribuye a las habitaciones. La alcoba es un dormitorio pequeño junto a la sala principal. La cocina es uno de los espacios más importantes en todas las casas de Cantabria, que en las casonas suele estar en el piso noble junto a uno de los hastiales y consta de despensa y antecocina. El horno se ubica fuera de las casonas para evitar incendios. El tejado es también a dos aguas con el cumbre o caballete paralelo a la fachada. Los muros frontales son de grandes piedras de sillería y los muros laterales están hechos con piedras de mampostearía, salvo los esquinales y recercos de las puertas y de las ventanas que también son de sillería.

El uso de sillería en la totalidad de su fachada principal es una de las diferencias respecto a las casas más populares. Las casonas están perfectamente amuebladas con escritorios, arcones, bargueños, camas y mesas fabricados con maderas nobles. También poseían su propia biblioteca.

Por otro lado, la construcción de las torres defensivas que comenzaron en la edad media se prohibió por mandato de los Reyes Católicos. A pesar de ello, por una parte, el miedo a los ataques por mar en la costa y por otra las continuas guerras entre los distintos señoríos cántabros no impidió que algunos de ellos siguieran construyéndolas hasta el siglo XVI. Por ellos tuvieron que cambiar el aspecto de éstas para saltar la prohibición añadiéndolas muros cortavientos y una o varias solanas para convertirlas también en casonas o casas fuertes. En la actualidad, entre otras, siguen en pie la Torre de la Guerra de Ibio, en el ayuntamiento de Mazcuerras; La casa Fuerte del inquisidor Vicente del Corro, del siglo XVIII, en el barrio del Monte, en Mogro o la Torre del Infantado en Potes.

La casona suele ser una casa independiente pero se dan algunos casos de varias adosadas como en el pueblo de Carmona.

Al desarrollarse el Barroco, los distintos elementos de la fachada (el muro, la solana, los aleros o las pilastras) se recargan con molduras labradas y multitud de detalles. Las tallas de madera, normalmente de castaño, son hasta de tres hileras de canecillos y trabajados de forma laboriosa en los aleros.

FUENTE: Las cosas del Candelario de Cantabria II