Artículo publicado en la revista La Montaña, No.1. Marzo de 1999
Para David, un luthier es simplemente una persona que hace instrumentos musicales. Para nosotros, después de conocerle, es mucho más que eso; es un artesano y un músico, un investigador autodidacta, artista de artista y amante de su oficio. David tiene 26 años y vive actualmente en Sopeña trabajando en su taller «de metro cuadrado», una minúscula estancia cargada de fotos y de recuerdos donde, tras lograr abrirse camino, elabora sus gaitas, que vende en cualquier parte del mundo. asegura con su enorme sonrisa que, en Cantabria, «la gente oye una gaita y sale corriendo», lo que no le ha impedido hacerse su hueco como «artesano payetero». Se considera autodidacta y sin duda lo demuestra, ya que está «siempre investigando para mejorar». Tiene las manos fuertes, de obrero y una actitud agradecida y sincera, impropia de alguien que ha vivido dos años «tocando en la calle todos los días».
¿Qué te motivo a convertirse en luthier?
Estaba muy agobiado en el trabajo. Trabajaba en la construcción y estaba cansado de que abusaran de mí. me pagaban muy mal, hacía un montón de trabajo que no me correspondía; aguanté un mes, dos meses, tres meses… No me daba ninguna satisfacción y me cansé. Entonces conocí a un chico que tocaba la gaita y no sé por qué…, bueno, yo ya tocaba el rabel un poco desde hacía un par de años, así que me fui a una tienda y compré una gaita.
Y te pusiste a tocar…
Exacto. antes de irme de la empresa sabía que si compraba una gaita y me ponía a tocar, sin saber nada, la gente me tiraría piedras. Así que fui aprendiendo y aguanté unos meses más. Hasta que un día dije «o me dais más dinero o me marcho». Me contestaron que no. Fue entonces cuando cogí la gaita (ya sabía tocar algunas canciones), y me marché a tocar a la calle.