Andar el palo es una modalidad tradicional asociada a la cultura pasiega de Cantabria, menos conocida que el famoso salto pasiego, pero igual de impresionante por la exigencia física y la habilidad técnica que implica. Este juego, hoy casi olvidado, formaba parte del repertorio de actividades lúdicas y formativas de los jóvenes pasiegos en los Valles de Pas.
A diferencia del salto pasiego —donde la vara sirve de apoyo para impulsarse y superar obstáculos—, en andar el palo el protagonista es el control del propio cuerpo sobre la vara. El participante debe encaramarse al palo en posición vertical, sujetándose con ambos brazos y piernas. Desde esa posición, y sin tocar el suelo, el reto consiste en avanzar a lo largo del palo mediante una serie de pequeños saltos o sacudidas, impulsados por rápidas flexiones y tirones de los brazos.
El agarre en esta modalidad es distinto al del salto pasiego: aquí se necesita un abrazo firme y continuo al palo, como si se escalara un tronco resbaladizo, exigiendo gran potencia en el tren superior, especialmente en los bíceps, dorsales y músculos del core. Cada tirón debe ser coordinado con una contracción del cuerpo para deslizarse un poco más adelante, en un movimiento que combina fuerza, resistencia y ritmo.
Se cree que este juego, además de servir como entrenamiento físico, también tenía un valor práctico: enseñaba a los jóvenes a manejarse con herramientas largas, trepar árboles o refugiarse de animales en zonas boscosas. A menudo se practicaba de manera informal, entre amigos, como desafío o muestra de virilidad.
Hoy en día, andar el palo ha caído en desuso, pero forma parte del legado etnográfico de Cantabria y puede verse ocasionalmente en exhibiciones culturales o recreaciones históricas. Es un testimonio del ingenio popular y del íntimo vínculo entre el cuerpo, la naturaleza y la supervivencia en un entorno montañoso y exigente. Recuperarlo como juego o como ejercicio tradicional es una manera de mantener viva la memoria de los pasiegos y su modo de vida.
NDP